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EL REGRESO DE PANDORA

Un nuevo periodo ordinario de sesiones legislativas ha comenzado. Cada vez más ordinario ni siquiera sirve como escribanía, pero eso es entendible en un Gobierno donde la justicia y lo legal no tienen tanto valor.

En todos estos últimos períodos, el Presidente dice enviar proyectos de leyes que si no salen terminan en decretos.

Después de que mucho se habló de la funcionalidad legislativa del 2016, en números: en el 2017 hubo 29 sesiones en el Congreso (15 en el Senado y 14 en Diputados), y en el 2018 hubo 23 sesiones (11 en Diputados y 12 en el Senado).

Piense usted, qué son 25 días en su trabajo (contando las sesiones ordinarias de los últimos dos años en Diputados, por ejemplo). ¿Resulta tan importante inaugurar eso?

Usted me dirá, qué hay de la productividad de cada sesión. Cabe señalar que el año 2018 fue uno de los de menor productividad para el Congreso argentino junto con el de 1983 (año de regreso a la democracia y con elección legislativa el 30 de octubre), en cuanto al número de leyes sancionadas. Se aprobaron 32 Leyes que digitan la vida diaria, la suya y la mía.

Y para peor, de los breves mensajes Presidenciales se desprenden una serie de “fugas”. Por más que quienes redactan el discurso se dan la cabeza contra la pared cuando el primer mandatario mete algún bocadillo de más, éste siempre lo hace.

Envalentonado por algún aplauso cómplice, o risa paga él es capaz de decir “Baradel puede defenderse sólo”, por ejemplo. Es como un nene que le dice “lero lero” a otro, igual de serio. Igual de serio que bailar cumbia en el balcón de la rosada (en ese momento era cool). Pero bien, no hay que olvidar que este Gobierno habló de respetar las institucionalidades así que volvamos al Congreso.

Estas fugas son peligrosas. Llámelo “acto fallido”, llámelo “insight”. Son peligrosas porque es lo que verdaderamente se esconde detrás de los ojos color cielo.

Un pensador argentino le llamaría termo a la cabeza, los griegos dirían tinaja. Como aquella que en la antigua mitología le regalaron a Pandora, en su casamiento con Epimeteo.

Con el paso de los años, lo simplificaron y en lugar de tinaja ovalada le llamaron caja.

La caja de Pandora esconde dentro todos los males del mundo.

Como si en esa caja, tinaja, termo se escondiera bajo los rizados cabellos ya canosos lo peor que le pueda pasar al pueblo argentino.

La miseria tocando a la puerta del jubilado, lo divino como algo color verde dólar, lo que no tengo yo lo vas a deber vos, y la única salida al problema en Ezeiza.

Eso obvio no se dice, a menos que haya filtraciones en el discurso.

Lo bueno del mito, querido argentino, es que cuando Pandora vio que lo peor del mundo se le venía encima atinó a cerrar la caja.

Como un manotazo de ahogado, el pueblo tendrá en octubre la chance de apagar la fuga (a esta altura está de más decir si son capitales o ideas).

Decir basta en las urnas y replicar lo sucedido con Pandora, que al cerrar la caja en el fondo sólo quedaba lo que los griegos llamaban “Elpis”.

“Elpis” es el espíritu de la esperanza. Imitemos a los griegos por su mitología y no por seguir las recetas del FMI. Pensemos en el porcentaje desencantado y creamos que “lo último que se pierde es la esperanza”.

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